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La casa de la abuela

La casa de la abuela es el lugar más maravilloso del mundo...
Cada mes de julio oía el timbre que anunciaba las vacaciones de verano y yo corría a esperar a mi mamá, porque siempre tenía listo mi boleto de viaje a Juchitán.
Llegaba a la terminal de camiones mochila en brazo con la muda de ropa previamente elegida para el calor rico de la temporada en que los mangos huelen a media cuadra de donde se encuentran.
Mi señora madre, nada bondadosa me trepaba y siempre decía las mismas palabras: -No la baje hasta Juchitán, la van a esperar allá-. Me daba un beso y yo emprendía esa fantástica aventura que una niña de 8 años podía imaginar. El trayecto era una tortura porque tenía que soportar las 7 horas de camino queriendo platicar con alguien y que éstos se quejaran de mí cada media hora con el chofer.
Nada más llegar veía a lo lejos la ya extinta fábrica de coca-cola, el autobús se detenía, bajaba de él y lo que más amaba era oir esa tierna voz de acento zapoteco:-Ya estás aquí mi'ja, ya te extrañaba mucho xha' mamá-. Aún la puedo ver como en aquellos tiempos, su enagua roja de puntos blancos, esas trenzas bien fijas a listones de hermosos colores con un suave olor a aceite palmolive, sus huipiles finamente bordados de flores en colores llamativos y su abrazo, ese abrazo cálido, tan fuerte que hacía que mis sentidos se embriagaran de su delicado aroma del agua de rosas que aún hoy en día usa, y como olvidar sus huaraches negros en los pequeños pies "güeros" (como dicen por allá).
Tomábamos el taxi (siempre el sitio San Vicente): -Me lleva a la iglesia de Esquipulas- decía. Todo el camino asomaba mi cara por la ventana oyendo esas voces que me hipnotizan, ese acento cantarín del zapoteco que tanto amo y el sonido de las aves que se quedaron viviendo en el parque Juchitán.
Oir al perro desde la entrada del callejón hacía que mi corazón se llenara de gozo,-Estoy de vuelta-, abría la puerta chirriante, esa que necesita aceitarse, a la izquierda puedes ver el gran árbol de guie´ chaachi (ya hasta se le cayeron las flores de temporada), a la derecha el árbol de chicozapote y limas (las favoritas del abuelo).
Botaba la mochila en ese sillón rojo, tan viejo ya, también los zapatos y me sacaba los calcetines, andar descalza sobre el piso de cemento es una verdadera delicia, corría a los brazos de mi bisabuelo Lencho,-Ya llegué abuelito- le gritaba, porque está medio sordo, -Qué bueno hija, que bueno que ya estés aquí-. Me soltaba cariñoso y yo me encaminaba a la hamaca de la bisabuela, la abrazaba pero no mucho porque me chocaba que siempre me lastimara y me gritara -¡Ya ponte los zapatos chamaca!.
Entraba de puntitas al cuarto de los santos, ese que siempre me da miedo, ese al que sólo le entra luz de la pequeña ventana de madera, alzaba los ojos y veía la foto de ese señor guapo de mirada ruda, cabello oscuro y bigote espeso: -¡Hola abuelo! Estoy en casa, te ves mas guapo que de costumbre- me daba la vuelta para abrir el refrigerador y encontrar el bote de curados, me robo 2, cierro la puerta mientras a lo lejos oigo el grito: -Ya es hora_ Y salgo a alcanzar a mi abuela para irnos juntas a la misa.....

Comentarios

  1. En algún momento de tu lectura me identifiqué con los colores, sabores y paisajes del relato. Me preocupo como podía viajar una niña tantas horas sola y me contesté a mi misma. Eso pasaba antes. Saludos Nadia

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